La España de sevillana y toro

Crítica de Balada Triste de TrompetaLa posguerra española. Pocos temas han sido tan tratados y pretratados por el cine español de los últimos años. Títulos como “Los girasoles ciegos”, “Soldados de Salamina” o, sin ir más lejos, la galadornadísima “Pan negro” son un buen ejemplo de ello. Cine, televisión, literatura… Todo parece bailar al son de una ‘memoria histórica fever’ la cual, todo hay que decirlo, se vende más que bien. Se pueden encontrar propuestas más o menos arriesgadas, más o menos partidistas. Pero la famosa fiebre acaba contagiando también al cine que la trata y obliga a elegir al pobre director entre las dos (aparententemente) únicas alternativas posibles: o bien se pertenece al bando de cineastas guerrilleros a los que les asoma (queriendo y sin querer) el puño en alto, o se pertenece al bando de los poco amigos de la polémica, de los diplomáticos, de los que intentan calmar las aguas.
‘Balada triste de trompeta’ se sitúa en este último contexto, contando una historia que iguala un bando y otro, que no pretende reflexión alguna sobre un tema ya de sobra meditado, sino que simplemente muestra la crudeza de la época, la locura, el horror. Y encarna el horror en un icono tan manido como efectivo: el payaso triste contra el payaso tonto, el horror rojo contra el horror gris.
Decir que ‘Balada’ no busca polemizar, quizá es un poco inocente por parte de esta humilde crítica. Es obvio, desde los primeros minutos del film en los que se nos inunda con la alegría franquista de sevillana-y-toro, que se busca la provocación. Pero esta provocación se centra en el conflicto, en el enfrentamiento que por otro lado, siempre ha estado presente en la filmografía del director. No se busca posicionamiento alguno, simplemente se pretende MOSTRAR. Para ello cuenta con la ayuda de unos personajes decididos a darlo el todo por el todo, desde asesinatos hasta automutilación, cualquier cosa para hacer llegar al espectador la locura y el malestar de aquellos tiempos revueltos. Eso sí, sin renunciar al cliché. Porque ambos protagonistas (interpretados por Antonio de la Torre y un muy sorprendente Carlos Areces) cumplen, uno a uno, todos los tópicos posibles de las dos Españas. Tiranía y totalitarismo por un lado, tristeza y sed de venganza por el otro. Dos arquetipos puros y duros que comienzan una guerra después de LA guerra por una mujer que no se decide, que anhela el futuro pero le cuesta romper con el pasado. Todo esto, por supuesto, bajo el alegre velo de la música de Marisol y Raphael. Y al igual que en la realidad, la película termina con una metáfora tristemente perfecta: tras tanta herida y tanta sangre, lo único que se consigue es partir a España en dos.

¡Estrenos de la semana! – Viernes 11 de Mayo

¡Buenos días, queridos fanes y futuros admiradores!
Después de un tiempo de vacaciones, Marcelo ha vuelto con sus gafas más limpias que nunca.
Así que tenemos el placer de ofreceros el ranking de estrenos de la semana ordenados por apetencias, como siempre. Eso sí, ahora con una mirada mucho más impoluta.

¡Hasta la próxima!

1. Infiltrados en clase, de Phil Lord y Chris Miller


2. Un lugar dónde quedarse, de Paolo Sorrentino


3. Sombras tenebrosas, de Tim Burton


4. Starbuck, de Ken Scott


5. Seis puntos sobre Emma, de Roberto Pérez Toledo


6. Miss Bala, de Gerardo Naranjo


La fórmula de la Coca-cola

Crítica de cine Intocable

‘Intocable’ es el título elegido por las salas españolas para la francesa ‘Intouchables’, un cambio de plural a singular que podría llegar a explicarse como un apremiante deseo de repetir el resultado galo en taquilla. Y es que, está visto que los ‘buddy films’ nunca pasaron de moda. Afortunadamente, la sombra de Laurel y Hardy es alargada.

Los ‘buddy films’ o ‘films de colegas’ se caracterizan por retratar amistades curiosas, carismáticas y por supuesto, total y absolutamente masculinas, amistades capaces de solventar cualquier problema mediante la colaboración de los dos machos en cuestión. También, porque su visionado suele proporcionar una amplia sonrisa al espectador y una enorme suma de billetes a quién la exhibe. Sin embargo, cierto es que, año a año, muchas son las que lo intentan y pocas las que lo consiguen e ‘Intocable’, sin duda, ostenta el título de ‘queen of the prom’. Críticos y profanos se hacen la misma pregunta: ¿Por qué ‘Intocable’? ¿Cuál es la fórmula mágica?

Como primer ingrediente, se necesitan un par de protagonistas con química, con gancho. Un par de actores que rebosen carisma, que consigan suscitar la simpatía y empatía del respetable aun no teniendo que ver, en un primer momento, nada con ellos. En el caso que nos ocupa, tanto Cluzet como Drissa cumplen a la perfección ambas premisas: la veteranía y lo ‘nouvelle’ nunca habían hecho tan buena pareja. Y este no es solo el primer contraste, de hecho, los directores basan toda su relación en contraposiciones: el inmovilismo frente al huracán, lo decimonónico frente a ‘Earth, wind and fire’. Y consiguen que no se oiga ni un solo chirrido.

El segundo ingrediente de nuestro elixir es y será siempre, la honestidad. En estos tiempos en que se bombardea al espectador, en el que priman la espectacularidad y los trucos de magia, éste agradece de vez en cuando una película transparente. Una película que no exija demasiado de ellos, que no ofrezca el oro y el moro, simplemente, que cuente una historia que apetezca escuchar y que la cuente bien. E ‘Intocable’, con todos sus clichés y sus ademanes manidos rebosa verdad, desde el cartel promocional hasta el último tráiler de YouTube. Promete lo que es, no engaña a nadie: humor amable y final feliz aderezados con el infalible ‘basado en una historia real’. Un poquillo de lagrimita emocional y sobre todo, la sensación de que no somos una humanidad tan sumamente despreciable. Todos podemos ser buenos, las clases no existen. Y éste es precisamente el tercer ingrediente de la mezcla, el secreto de la Coca-Cola: una pequeña mentirijilla piadosa. Que en los tiempos que corren, no sienta nada mal.

¡Estrenos de la semana! – Viernes 24 de Febrero.

¡Buenos días, gafosos y gafosas!
Ya llegó el viernes y con él, nuevos y apetitosos estrenos a nuestra cartelera: otro biopic de la rubia entre las rubias, Scorsesse en 3D… ¿Qué os apetece ver?

En Las Gafas de Marcelo hemos hecho un ranking de apetencias basándonos únicamente en los prejuicios personales de cada uno, que no son pocos.

Qué ver, qué ver… ¡qué nervios!

Y sin más dilación, os dejamos con la lista de películas de la semana y sus trailers, para que decidáis por vosotros mismos, que hay que cultivar un poco ese espíritu crítico, copón.

¡Hasta la próxima!

1. La invención de Hugo, de Martin Scorsesse

 

2. Polisse, de Maïwen Le Besco

 

3. Mi semana con Marylin, de Simon Curtis

 

4. Ghost Rider 2: Espíritu de venganza

American Horror Story. Porqué sí y porqué no tanto.

La primera vez que oí hablar de la serie fue a través de un compañero de máster. Nos envió el vídeo de promoción que preparó Fox para su lanzamiento en España y el cual, honestamente, parece más una cámara oculta de ‘Inocente, inocente’ que un intento de viral en condiciones. (Señores de Fox, así sí. Lo que han hecho ustedes, no).

Lo cierto es que al fijarse en el título de la serie – tras olvidar rápidamente y con urgencia el horror del vídeo de promoción – una, que está llena de prejuicios, se espera… eso. Una American Horror Story: gritos, rubias que tropiezan y espíritus que dan sustos. Un mix de topicazos con mayor o menor dosis de mal rolllo, vamos. Y, seamos sinceros, la serie lo es. Atención al argumento: ‘Una familia con un pasado problemático se muda a una casa encantada que hará que se enfrenten de nuevo a sus propios fantasmas.’ Os suena, ¿no? Pues eso.
Sin embargo, además de las fórmulas de terror yanqui ya mencionadas, AHS contiene otros factores que hacen que la serie se posicione y grite orgullosa. Posee algunas sorpresas que creo deben ser alabadas y remarcadas. En concreto y sobretodo, estas cuatro:

  1. Adelaide Langdon.  Addie (interpretada por la actriz Jamie Brewer) es la hija con síndrome de Down de la vecina de la casa de los horrores en cuestión. Sale, entra, asusta y se divierte. Ingenua e increíblemente mágnetica, Addie se coloca desde un primer momento como uno de los personajes con más tirón. El hecho de recurrir a actores con éste tipo de minusvalía no es nuevo en el género de terror (véase a los chicos de la cocina de ‘The Kingdom’ (Lars Von Trier)), sin embargo, en la ficción norteamericana, siempre tan políticamente correcta, no es lo más habitual. Y mucho menos dotar al personaje de una carga argumental tan potente y – atención, ¡spoiler! – una muerte brutal. ¡Enhorabuena por ello!
  2. Títulos de crédito.  ¡Si no los habeis visto, corred a ello! Horribles, siniestros y tremendamente modernos. La perfecta pasarela para adentrarse en el universo claustrofóbico de la casa. Un 10.
  3. Constance Langdon.  Si antes hablábamos de Adelaide Langdon, no podemos olvidarnos de su terrible madre, Constance. Interpretada por una maravillosa Jessica Lange, Constance es la Blanche Dubois de los avernos. En resumen, la vecina cotilla, malvada y loca que todos desearíamos tener. (¿No?, ¿En serio?).
  4. Moira O’Hara, la criada jovieja (o viejoven). Personaje creado por y para la mente de un guarrete e interpretado por Francis Conroy en la versión viejuna y por Alex Brekenridge en la versión con ligas, la criada pelirroja desconcierta y añade un punto sucio a la serie que hace que ésta gane en interés. Cierto es que, según se va desarrollando la trama el personaje pierde interés pero, aunque solo sea por su aporte surrealista, debe estar en esta lista. (¡Anda! ¡Un pareado!)

Decia mi compañera de Critica de cine, Ana, que cuando comienza la serie ésta te bombardea con un monton de historias horribles que hacen que no puedas parar de verla. Y es totalmente cierto, pero el problema surge cuando ese terror inicial que tanto engancha, con el paso del tiempo, se convierte en simple suspense. Es normal que en una serie de personajes establecidos se llegue a un punto en que éstos pasen de ser fantasmas aterradores a personas con un pasado y un objetivo, pero en este caso, la cotidianidad de los mismos hacen que pierdan oscuridad y frescura.

Lo que no falta, eso sí, para los fans de las tradicionales American Horror Storys, es el típico OMG! de final de temporada. Que no se si es necesario, manido o no, pero molar, mola. ¡Y mucho!

¡Hasta la próxima!

¿Por qué verla? – ‘Aita’, José María de Orbe (2010)

Buenas tardes, gafosos y gafosas.

Inauguro con este post una nueva sección del blog dedicada a esas películas incomprendidas, esas pequeñas (o grandes) joyas de ‘auteur’ que hacen huir a la gente en masa de las salas de cine. En fin, las famosas películas coñazo o películas-en-las-que-no-pasa-nada.

Pueden amarlas u odiarlas. Yo las adoro. Y os contaré porqué.

¡Bienvenidos al universo gafapasta!

Empezaremos con ‘Aita’, de Jose María de Orbe. 

¿Por qué ver Aita?

¿Por qué ver Aita? Basémonos en los hechos. Podemos comenzar hablando de la voluntad expresionista de los planos, de los juegos de luz y de los entrañables (aunque escasos) diálogos de los personajes. Podemos mencionar  paredes, arrugas, viejas películas. Podemos decir – en un arranque de teorización formal - que todo esto da lugar a una no-estructura que guía al espectador a través del tiempo, un tiempo que, por otra parte, decide parar y rememorar en un viejo caserón vasco. ¿Y qué? Defender una película como ésta desde un punto de vista racional es absurdo. Más que absurdo, pretencioso. Aita es una obra esencialmente sensorial  y como tal, de nada vale intentar explicar su significado si éste se basa total y absolutamente en su experimentación. Y es que quizá, lo que habría que plantearse es si el mejor lugar para disfrutar de ella es un cine. Puede, que su hábitat natural sea en realidad una galería, un lugar tranquilo, calmado, donde el espectador pueda librarse de la urgencia de ver y pueda sentarse tranquilamente a mirar. ¿Aburrida? Puede. Pero yo prefiero llamarla sobria. ¿Lenta? Quizás. Pero yo prefiero llamarla enigmática. ¿Bella? Seguro. Pero yo prefiero llamarla arte.

¿Cómo os quedáis? :)

¡Hasta la próxima!

Los hombres que no amaban a las mujeres (2012) – David Fincher

Cuando comenzó el boom Larsson, allá por el 2009, lo cierto es que me pilló un poco a desmano. Clases, idiomas, teatro… Demasiado que hacer. Recuerdo que en todos lados no hacía más que hablarse sobre esos libros de títulos imposibles cual single de Triángulo de Amor Bizarro e incluso en mi propia casa, mi señora madre, cayó rendida a sus pies. Decidí sacar un ratito y darle una oportunidad. Comencé a leer sobre esos hombres misóginos y al no engancharme ni la historia ni el autor, devolví el libro tranquilamente a la estantería y volví a mis quehaceres diarios. Tiempo después, al estrenarse la versión cinematográfica sueca, decidí darle otra oportunidad y acompañé a mi madre – que ya para esos entonces era una fan declarada de la trilogía – a verla**.

Narrado con frialdad nórdica, el film mostraba una serie de personajes bastante poco atractivos que interaccionaban en blancas explanadas y daban vida a historias y tramas que puestas en imágenes, no encajaban muy bien entre sí. Violencia, corrupción y citas bíblicas se entremezclaban con cierto sentido, pero sin ningún acierto. Sin embargo, había algo más entre todo ello, una sombra en la luz: la gran Lisbeth Salander. Blanquísima, vengativa, esquiva y alucinante, esa dama oscura de lo geek merecía la pantalla grande. Aunque la historia fuera demasiado larga, aunque fuera enrevesada e incluso desestructurada, merecía ser contada solo por ese personaje.
Salí del cine medianamente satisfecha, con mi madre contándome todo lo que la película no me había contado – que era mucho – y con la sensación de, al menos, haber pasado un rato agradable.

Tiempo después siguieron bombardeándonos con el resto de la saga: que si un bidón de gasolina, que no se qué corrientes en un palacio… qué os voy a contar. Hasta la saciedad.

Y tras este empalague milleniumariano resulta que el señor Fincher decide realizar su propia versión. Y yo, que le adoro hasta la obsesión, corro al cine a verla. ¿Y qué me encuentro? Pues lo que me encuentro es lo siguiente:
Una película a medias. Me explico. Una película a medio camino entre el frío y el calor, entre lo nórdico y lo yanqui. Una película en la que Fincher consigue salvar la historia, sí, pero no dotarle de la luz que su antecesora no tiene y servidora esperaba. Encuentro a una Lisbeth espectacular, pero que no deja de ser el reflejo del personaje creado por Noomi Rapace. No hay apropiación, solo homenaje. Encuentro tramas desligadas, personajes vacíos, medios tiempos que quiero suponer aparecen por la estructura narrativa propia de la novela pero que, tristemente, en imágenes resultan un poco sin sentido.

¿Entretenida? Sí. ¿Decepcionante? También.
Dice Javier Ocaña que la versión de Fincher es la mejor manera de iniciarse en el universo Larsson, incluso por encima de las propias novelas. Mi novio no tenía ni idea de libros ni películas y salió encantado. Así que igual es verdad.

¡Hasta la próxima!

** [Inciso malicioso: Juraría que ésta ha sido la única película sueca que se ha estrenado en Salamanca en los últimos 20 años]

De darlings y thank yous

‘Oh si, querhida, me apeteceruia mucho una tacita de thé’. (Todo esto leído con el acento británico correspondiente, como bien nos enseñó Homer S. en aquellas mediodías adolescentes).
Frases como esta forman parte del día a día de Downton Abbey.: ‘Si Mylady’, ‘Por supuesto Mylord’, ‘Oh, como siento que tu futura mujer haya muerto, primo-buenorro-de-mis-sueños…’ Y es que todos sabemos de la archifamosa flema británica que a una servidora, educada en la cultura del toro y la sevillana, no deja de parecerle un poco eufemismo hipócrita. Un eufemismo maravilloso, eso sí, porque aunque ese barroquismo protocolario haga que más de una vez se me pase por la cabeza un enorme ‘WTF!’, lo cierto es que no puedo resistirme a su encanto. Adoro el acento, adoro sus amaneramientos, sus ropas y sus modales estirados. ¡God save the queen!

Pero bueno, centrémonos que yo quería hablar de la serie. Como decía, el día a día de Downton Abbey es una balsa de aceite. Un día a día que transcurre, parsimoniosamente, entre idas y venidas de criados, visitas y no se cuantos cambios de vestuario.

Pero en Downton, a pesar de su ambiente de extrema contención, también existen intrigas. No son intrigas de saltos y exclamaciones, intrigas imposibles a las que tanto nos tienen acostumbrados los dramas americanos sino que aquí, como buenos ingleses, todo ocurre bajo la colcha y en silencio. Los sentimientos se esconcen tras la corrección, convirtiendo la historia en una montaña rusa infantil – lenta y sin loopings – de la emotividad. Incluso el tiempo parece detenido. A lo largo de la serie existen saltos temporales de meses, incluso de años que resultan totalmente imperceptibles sin la estimable ayuda del guión.

Sin embargo, esa lentitud no se hace para nada pesada. Es más, calma los nervios e intensifica la atención. Apetece sentarse y pasar el rato en la gran mansión, apetece tomar el té con Mery y el primo Thomas, apetece charlar un rato con la gran Condesa viuda.

Ay, si. Maggie Smith. Esa GRAN Condesa viuda. Esa mujer que comienza como temible matriarca y que poco a poco y tristemente, gana en simpatía y pierde en personalidad. Algo de lo que también adolece, por cierto, ese final de temporada tan redondeado, tan previsible y tan sin sal.

Asi que para terminar, me permito un pequeño consejo para futuras temporadas: señores guionistas, no pequen de buenismo. Sigan esta regla de oro: Los malos tienen que ser malos; los buenos, buenos y los que andan entre dos aguas, feos. Y punto.

Aunque la verdad, no me hagan mucho caso que yo solo se dar voces y bailar flamenco.

¡Hasta la próxima!

Las gafas de Mastroianni says Yeah!

Alguien se rió una vez de mí porque comenté que me gustaban las gafas de Mastroianni. (Paradójicamente, esto ocurrió en el 8 y medio de Madrid, hoy
almacén de Zara. Qué cosas). Supongo que no sería muy importante porque no recuerdo bien quién fue. Pero me cae mal. Se rió de mí y eso está feo. Punto.

La cosa es que unos meses después de la humillación, lo que es la vida, la anécdota ha venido a mi cabeza y me ha parecido un buen nombre para un blog. No veáis en ello nada sucio o fetichista. ¿Qué si me pone Mastroianni? No particularmente. En realidad me pone bastante más Marlon Brando, pero “La camiseta de obrerete de Brando” no suena bien. No motiva a abrir un blog. “Las gafas de Mastroianni” sí. Es un nombre con gancho. Glamouroso. Cool.

Y ésta es toda la historia.

A partir de aquí podéis acusarme de gafapastismo, ego e idolatría, de hecho, no andaréis muy desencaminados. Pero en el fondo sabéis que soy mona y
adorable y encantadora. Y que no tengo abuela. Y gracias a dios*.

¡Bienvenidos!

*[Nota a amigos y muy conocidos: Os dejo que me deis una colleja por mi mierda de humor negro. En serio, me la merezco.]